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OPINIÓN DE MARCOS MOLINERO

Respeten el escudo

Y, si no se ven capaces, que se echen a un lado

Marcos Molinero
15/12/2019

 

Hay cosas en la vida que cuando se cruzan en tu camino lo varían irremediablemente. Cuando eres joven y te estás formando como persona intelectualmente, cuando tu personalidad está tomando forma, ciertos acontecimientos transformarán tu vida para siempre. Cuando con nueve años pisé Sarrià por primera vez de la mano de mi abuelo paterno un click se activó en mi cerebro. Cuando con diez años dí de bruces con ese gran film ‘El puente sobre el río Kwai’ desaparecieron los dibujos animados y el cine infantil. Cuando a pesar de escuchar por casa los discos clásicos de mis padres, de los grandes del rock como Led Zeppelin o The Beatles, los Guns N’ Roses pusieron banda sonora a los 14 en mi primer año de instituto; ahí también se le dio un volantazo al curso vital de mi vida. Cuando mis ojos y mi tierno cerebro se enfrentaron a un libro de William Burroughs algo me puso en otra senda, no sé aun si en la correcta o no. Por supuesto, estos son los primeros momentos, pero hubo otros derivados de éstos que con el tiempo han sido aún más importantes. Mi primer año asistiendo asiduamente con mis padres a Sarriá, la final de la UEFA del 88 o el descenso a Segunda y posterior ascenso -no todo iba a ser bueno- también me marcaron. Como me marcó para siempre descubrir el cine de Coppola, Scorsese, Kubrick o Allen, como me fascinó hasta la simbiosis Nirvana, Sonic Youth o Pavement. Como descubrí la magia que se escondía en cada surco de los discos de The Who, como me enganché a cada libro de Wilde, Auster o Keruoac que pasó por mis manos. Como dije antes, hay cosas que te marcan para mal. Me refiero a la pérdida de seres queridos, mi abuelo paterno aún en la adolescencia o a la de mi padre más adelante, luchas personales y accidentes de tráfico, cosas importantes sin lugar a dudas. Pero actualmente lo que más me preocupa es la salud de los míos, del peque y de mi pareja sobre todo.

Del resto, poco más me altera el sueño. El trabajo en la oficina intento sobrellevarlo escribiendo sobre música o fútbol. La política tampoco me quita el sueño, nadie ni nada me dirá como debo sentirme, puedo sentirme barcelonés en Valencia, irlandés en Londres o europeo en Jamaica, pero vaya donde vaya el blanquiazul es mi único color. No me emociona ninguna bandera sin esos colores, ni canto otro himno que no sea el del Espanyol. Es un orgullo para mí formar parte de la historia de este club centenario, he visto fútbol en Anfield, en Stamford Bridge y en el Etihad Stadium. He dado con mis huesos en el estadio del Besitkas, del Standard de Lieja y en el Estadio Atleti Azzurri d’Italia y aunque disfruté esos momentos, nada como pisar nuestro templo. Por ese sentimiento que nació hace casi tres décadas les pido a todos que respeten el escudo que llevan en el pecho. Y, si no se ven capaces, que se echen a un lado.

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