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OPINIÓN ORIOL VIDAL

Por los padres de nuestros padres

En estos días en que como sociedad nos sentimos tan injustos o inútiles o impotentes por defender la vida de tantos mayores, he querido recordarles. Con gratitud, por hacernos ser como somos, por creer que la utopía es posible

Oriol Vidal Oriol Vidal
10/04/2020

 

Todo lo empezaron ellos. El Iaio Pepito y mi tía abuela Mercè se hicieron pericos hará cien años un día de éstos. Ellos eran del Sants, habituales de Magoria, como entonces la gente del barrio. Pero un día se cambiaron hacia lo blanquiazul. Por puro despecho, según contaban. Resulta que el Barça tendió sus garras sobre una fabulosa quinta de juveniles de la Unió Esportiva y dejó al club diezmado con cierta complicidad de la directiva. Y su reacción fue radical. “Doncs ara ens fem de l’Espanyol!”. La rivalidad con los azulgrana ya era enconada.

Mi Iaio Pepito murió cuando yo no tenía aún dos años, pero el adoctrinamiento sobre su nieto fue de auténtico manual. Nada más acabar mi bautizo, dejó plantada a media familia y se largó a las oficinas del club para tramitar mi alta de socio: llegó a las migajas de la merienda de celebración, pero tan feliz con el carnet. Mi abuela no le reprochó nada, sabedora de la lógica perica imperante en la casa. Una fe que tenía, también, su ritual: cada día, antes de enfermar, el Iaio Pepito me cogía en brazos y se ponía a cantar el “Somos Españolistas” frente a un escudo de colores brillantes que tenía en el escritorio… y luego, para culminar el credo sin fisuras, me llevaba hasta la talla de madera de La Última Cena que presidía el comedor. Siempre era lo mismo: “Un petonet a Jesús i una bona bufa al Judes.” Un día, no sé si por exceso de papilla o de ira precoz, me cargué el brazo del traidor. Y el Iaio lo pegó con cola. Para que pudiera seguir dándole, claro.

Mi abuela no había pisado Sarrià en su vida ni tampoco le emocionaba mucho el fútbol, pero al quedar viuda no encontró mejor forma de seguir conectada a su Pepito. No había partido del Espanyol que no escuchara transistor mediante. “No entenc res i pateixo molt, però per com parla el locutor ja em vaig fent la idea”: quizá la primera clase de Periodismo y Comunicación que recibí en mi vida. Así, con el oído pegado al metal, la Iaia Rossita, simpatizó rápido con Marañón, con Giménez, con Pineda, con Lardín o con Tamudo: tipos que hacían sonreír a toda su familia y al Pepito, allí en el Cielo. “Doncs tu, Oriolet, diràs que no vam jugar bé… però jo només sé que miro ‘La Vanguardia’ i veig que estem del mig cap amunt.” Como para reprocharle algo.

Pepito, Rossita y Mercè se fueron ya hace tiempo y en paz (al menos, por lo que refiere al traspaso de la llama blanquiazul). Sus bisnietos siguen el camino y tiene pinta que los tataranietos por ahí andarán. Y hoy, en estos días en que como sociedad nos sentimos tan injustos o inútiles o impotentes por defender la vida de tantos mayores, he querido recordarles. Con gratitud, por hacernos ser como somos, por creer que la utopía es posible. Que este desastre que nos define y nos coloca frente al espejo sirva para revisar, al menos, nuestra humanidad. Esa propiedad rebosante en cualquier abuelo, solo por pura experiencia, y cuyo valor menosprecian mercados y gobiernos con nuestro consentimiento. No nos puede volver a ocurrir.

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