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OPINIÓN DE MARINA MARCOS

El chico de Boecillo

Calero tiene ese porte de central elegante. Lo trae de serie. Un futbolista que ha sido capaz de quemar etapas a una velocidad de vértigo, desde el filial hasta el primer equipo en apenas dos temporadas

Marina Marcos
10/09/2019

 

El rosario de tatuajes que porta en sus dos brazos puede que no hagan imaginar que en realidad hablamos de un chico tímido, reservado y con una abrumadora sencillez. Una personalidad labrada en el corazón de Castilla. Fernando Calero es de Boecillo, un pequeño municipio situado a 15 kilómetros de Valladolid.
Este defensa de la generación del 95 es la última joya que ha dado la cantera del Real Valladolid. Porque han tenido que pasar muchos años hasta que se ha vuelto a ver un traspaso millonario de un jugador formado en las categorías inferiores de la entidad blanquivioleta. Pero con él todo ha sido distinto desde el principio. Calero tiene ese porte de central elegante. Lo trae de serie. Un futbolista que ha sido capaz de quemar etapas a una velocidad de vértigo, desde el filial hasta el primer equipo en apenas dos temporadas. Vivió en Málaga durante tres años, donde jugó en el Atlético Malagueño, pero regresó a casa en 2016 reclamado por el entonces Director de Cantera del Real Valladolid, José Antonio ‘Cata’.

Su técnica es exquisita y su templanza en el juego, sobrecogedora. Tras un comienzo dubitativo en Segunda con Luis Cesar en el banquillo -propiciado por un esquema tremendamente suicida para los defensas centrales- su acople al sistema de Sergio fue inmediato. Calero formó parte importante del meteórico ascenso a Primera División del Real Valladolid en 2018 y contribuyó a ser ese cerrojo en el que se convirtió el Pucela durante buena parte de la campaña pasada. Lo cierto es que con él sobre el campo Sergio respiraba más tranquilo. Quienes le vieron por primera vez hace un año destacaron su gran tranquilidad para sacar el balón jugado sin ni siquiera mirar el cuero. Limpio en el corte, rápido en los duelos y, sobre todo, con una seguridad impropia para un debutante de su edad.

Llegó sin hacer ruido y se ha ido de Zorrilla haciendo más del que le hubiera gustado. Los constantes rumores sobre una posible salida le han perseguido desde enero. Un rumor que se convirtió en noticia este verano. Varios equipos le han pretendido. Su decisión fue firme a finales de julio: jugaría en el Espanyol, club que le ofrecía la Europa League como principal reclamo.

Once millones de euros, su cláusula. El Real Valladolid, consciente de la necesidad de ingresar dinero en sus mermadas arcas, no ha podido, ni querido, hacer más. Oferta final: ocho millones y una serie de variables. Calero, el último gran producto de Zorrilla, se marcha dejando huérfano a su equipo del alma pero con la certeza de que su carrera no ha hecho más que comenzar.