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el abelardo más personal

De Sarrià a Cornellà

Le encanta Barcelona y en su anterior etapa en la ciudad vivió delante del campo perico

Jordi Luengo Jordi Luengo
13/05/2020

 

Abelardo ya se encuentra en Barcelona desde este miércoles después de haber cumplido con el confinamiento en su casa familiar de Gijón junto a su mujer Graciela y sus hijos Aitana y Diego. Y seguramente durante estas semanas, Diego habrá sido el que más le habrá preguntado por todo lo relacionado con el fútbol. El chico, que juega en los juveniles del Arenal y es un apasionado al fútbol, es el fan número uno de su padre, aunque también su mayor crítico y su principal espía, ya que suele preguntarle por el once titular que sacará o qué sistema utilizará. En alguna ocasión, en plan distendido, el actual técnico blanquiazul le ha dicho que es el pesado de la familia. Un interés por el deporte rey muy distinto al de su madre, a la que Abelardo conoció en su época en el instituto, y a la que no le gusta el fútbol. Casi no sabe lo que es un fuera de juego, y eso le viene fenomenal al ‘Pitu’, ya que al llegar a casa puede desconectar totalmente.

Se movió con rapidez
El técnico ha podido pasar el confinamiento en su tierra al reaccionar a tiempo. Tras cancelarse la mini concentración que el equipo estaba realizando en Torremirona para preparar el partido contra el Alavés, regresó a Asturias en coche junto a los miembros del cuerpo técnico Iñaki Tejada y Tomás Hervás. El moverse con celeridad le permitió cambiar su piso, práctico para el día a día, que ocupa en Barcelona, por su hogar con jardín en su tierra, lo que ha hecho que llevara mejor estos días al estar junto a su familia. Como todos, está viviendo este estado de alarma con incertidumbre y preocupación por todo lo que está sucediendo, y sin poder ver a sus seres más queridos. Especialmente a su padre Abelardo y a su madre Mari Carmen. Y como no, a su abuela Carmina de 89 años a la que adora y que sigue viviendo en el barrio gijonés de Pumarín, en el que creció el ‘Pitu’ y que él bautizó como RIP, la República Independiente de Pumarín. En esas calles empezó a darle las primeras patadas al balón y a formarse como persona en el seno de una familia muy humilde, en la que su padre trabajaba de carpintero y su madre era ama de casa.

La posibilidad de reanudar la Liga le ha hecho regresar a Barcelona, para volver a los entrenamientos, sin haber podido cumplir, de momento, el sueño de dar un abrazo a sus padres, a los que aún no ha podido ver desde antes de empezar el confinamiento, y a su abuela, con la que, evidentemente, tampoco ha coincidido estos días. Ellos seguirán en Asturias, al igual que su mujer e hijos, ya que es allí donde tienen la vida hecha, por lo que no se desplazaron con él en enero para emprender esta aventura con el Espanyol.

‘Pitu’ de pitufo
Desde muy joven, el apodo del ‘Pitu’ le acompaña, aunque ya no guarde ninguna relación con el motivo por el que sus amigos de la infancia se lo pusieron. Cuando tenía unos 15 o 16 años, en su pandilla, entre los que se encontraba el actual seleccionador de España Luis Enrique, le empezaron a llamar ‘Pitu’, de pitufín, porque era muy bajito. Pero en edad de crecimiento, su estatura cambió por completo en poco tiempo. A los 16 años solo medía 1,60 m. pero en un año creció 22 centímetros. De todas maneras, ya fue imposible desvincularlo de un apodo que le acompañará toda la vida. Nunca se lo ha quitado, ni quitará, de encima.

Sus primeros contactos con el balón, más allá de jugar en la calle, fueron en el fútbol sala a los nueve años en el Xeitosa, donde coincidió con Luis Enrique; ambos se conocían desde el colegio Elisburu. En sus carreras deportivas, volvieron a coincidir en los juveniles en La Braña, Sporting Atlético y después en el Barcelona, además de hacerlo en la selección sub-21, la Olímpica y la absoluta. Desde los siete años vivían a dos calles, por lo que son como hermanos. Habrá pocos casos de niños que hayan estado tantos años jugando juntos desde tan pequeños. En muchas ocasiones ha reconocido que es ‘su mejor amigo en el mundo del deporte’ y tanta convivencia hizo que fuera imposible quitarse el apodo de ‘Pitu’, ya que el seleccionador siempre le llamaba así. A Abelardo le apasionaron los deportes desde muy pequeño, por lo que cree que se hubiera dedicado a cualquier otra actividad relacionada con él de no haber sido futbolista.
Durante toda su etapa formativa nunca olvidó los estudios. Aunque no sacaba notas sobresalientes, era un buen estudiante y superaba los cursos sin problemas. Incluso quiso hacer la carrera de INEF, pero la llamada del Sporting le trastocó los planes. Ese verano le llegó la oportunidad de regresar a Mareo y, aunque en Asturias no podía estudiar lo que quería, puso las dos opciones sobre una balanza y se decantó por centrarse en el fútbol. Y acertó. En septiembre de 1989, con solo 19 años, debutó en Primera con el Sporting. Esa temporada, pese a su juventud, se consolidó en el centro de la zaga, actuando en 33 jornadas ligueras. Durante cuatro años más fue uno de los baluartes defensivos de su equipo, siempre en Primera, lo que le permitió dar el salto al Barcelona, club en el que jugó ocho años antes de retirarse en el Alavés en el verano de 2003.

Vivió al lado de Sarrià
Sus dos anteriores experiencias como técnico de Primera las vivió en clubes que conocía bien al haber jugado en ellos, mientras que en esta tercera, la del Espanyol, se ha reencontrado con una ciudad importante en su vida. Abelardo es un apasionado de Asturias, pero nunca ha escondido que Barcelona es otro de sus lugares preferidos en el mundo. En la Ciudad Condal nacieron sus dos hijos durante su etapa de futbolista. Y en esa época, indirectamente ya tuvo alguna vinculación con el Espanyol, al vivir en uno de los pisos frente al antiguo e histórico campo de Sarrià, en la Carabela la Niña.

Se adaptó a la perfección a una Barcelona en la que encontró rincones que le devolvían por algunos momentos a su tierra. Su restaurante favorito era un navarro llamado Gorría, en la calle Diputación, aunque para degustar su plato favorito, la fabada, iba a El Furacu, en la calle Girona, al que aún no ha tenido la oportunidad de regresar desde que firmó por el Espanyol. Pero no solo de gastronomía vive el ‘Pitu’. Al igual que en su anterior etapa en tierras catalanas, le sigue encantando pasear por el centro de Barcelona, perderse por las callejuelas del Born, Paseo de Gracia, La Rambla o Plaça Catalunya. Y, como buen asturiano, necesita el mar en su vida por lo que se le ve con frecuencia por el Port Olímpic. Aunque reconoce que no es lo mismo que en su tierra, se conforma con poder ver el mar y las playas catalanas.

Siempre quiso entrenar
La vocación por ser entrenador le llegó bastante pronto. La idea siempre estuvo muy presente en él. Durante su etapa de jugador veía mucho fútbol, ya que le gustaba conocer a los rivales y, sobre todo, a los delanteros, ya que actuaba de central. El hecho de haber sido futbolista de Primera, y además internacional con la Selección, durante muchos años, suele ayudar a la hora de que te llegue la oportunidad de entrenar. Pero este no fue su caso. Él se lo tuvo que trabajar desde abajo. Empezó dirigiendo a infantiles, cadetes, el filial del Sporting… y fue cogiendo mucho poso y viviendo el fútbol moderno lo que le hizo crecer de una manera más pausada y lógica. Tras ser destituido como técnico del segundo equipo sportinguista en 2008, se propuso empezar desde abajo por lo que firmó por el Candás, de Tercera. Allí, y posteriormente en el Tuilla, siguió curtiéndose lo que le permitió regresar a su casa y, con el tiempo, en 2014, sentarse en el banquillo de El Molinón, en el que estuvo hasta 2017. Recorrió un camino nada sencillo, por lo que considera que cuando le llegó su primera gran oportunidad, aunque le faltaba experiencia en las máximas categorías, tenía la de haber entrenado ya en distintas categorías y equipos, viviendo todo tipo de situaciones.

Exigente y justo
Una de las cosas que le resultan más difíciles como entrenador es dejar a un jugador en el banquillo o fuera de la convocatoria, cuando ha hecho méritos para estar. Por eso, siempre ha manifestado que intenta ser “exigente y justo” con sus futbolistas. “Decir las cosas como son, aunque, a veces, quizás no gusten. Ser directo porque me gustaba que mis entrenadores lo fueran conmigo. Me gusta ser exigente con el grupo y con los que trabajan conmigo porque creo que esto hace que el trabajo salga mejor”, reconoció en una entrevista para la web del Alavés el año pasado. Y es que la verdad nunca le duele al futbolista si se la explicas. Pese a que no esconde que le gusta apostar por un 4-4-2 vertical, siendo sólido en defensa, apretando arriba y finalizando jugadas, reconoce que aunque tengas un sistema preferido debes adaptarte a tu plantilla.

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