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RECUERDOS

2017, el año en que dijimos adiós al Vicente Calderón

Este año quedará grabado en la historia del Atlético de Madrid por el adiós al Vicente Calderón

Imanol Echegaray
25/12/2017

 

"Paseo de los melancólicos, Manzanares ¡cuánto te quiero!" Así rezó el último tifo de la historia del Vicente Calderón. Recuerdo ese día como si fuese ayer. Sé que el rival era el Athletic, que se ganó 3-1 y que el último en marcar un gol en partido del Atlético fue Correa. Pero eso aquel día me daba absolutamente igual. 

La sensación de aquellos momentos era la de ver cómo el reloj del partido se iba acercando al minuto 90. Ninguno queríamos que el árbitro pitase el final. Porque no era un simple final de partido... Era un final a una era, a una vida. Aún tengo en mis retinas las lágrimas aguantadas durante el encuentro. La sensación de que se me quitaba algo y el firme pensamiento de que no quería irme de allí. Cada cual llevó esa tarde como pudo, como supo o como quiso. Yo intenté que todo fuese exactamente igual que siempre. Con mi bocadillo de tortilla, mis cervezas, mis conversaciones frente al Estadio y ese mirar la alineación en Twitter una hora antes.

Del partido me quedo con Fernando Torres. Marcó el 1-0 y poco después el 2-0. Y ahí debería haber señalado el árbitro el final. A nadie le hubiera importado, la verdad. Pero llegaron uno del Athletic y el mencionado antes de Ángel Correa. Que por darle un poco de poesía, el chaval recuperado para el fútbol por un Atleti que "le devolvió la vida" fue el que echó el cierre a aquellas porterías. Tras eso llegaron homenajes y baile de leyendas sobre el césped. Pero yo ya me había detenido en echar, por última vez, un vistazo a aquellas gradas, aquel ambiente, aquel lugar y aquellas caras. No me despedí, porque eso lo hice unas semanas antes.

Concretamente un 10 de mayo. Aquel miércoles fue el día para decir adiós a mi casa. Esa tarde/noche es ya historia de todo aquel que ama al Atlético de Madrid. Se ganó al Real Madrid, aunque no sirvió para nada. Pero en esa fracción de tiempo se vivió todo lo que ha aunado el Atleti durante 50 años en el Vicente Calderón. Todo lo que nos hizo enamorarnos de este club se dio cita en ese mismo instante. El ataque de furia de unos chavales que fueron sentenciados siete días antes y que demostraron de qué pasta estaban hechos. No les importó tener delante al mejor Madrid que se recuerda. En quince minutos les metieron el miedo en el cuerpo con un 2-0 antológico que cambió las caras de subiditos que todos los que iban de blanco tenían. Sólo por ese momento tan mágico, ya mereció la pena. 

Una sola acción de despiste supuso decir adiós a poder luchar por el imposible. Pero aquellos jugadores recibieron las fuerzas que les faltaban desde una grada entregada a la causa. Y no, no era la causa de la remontada. Era la causa de la demostración de orgullo por unos colores. Un grito ensordecedor que decía algo así como "no somos como vosotros". Ese canto hizo que las nubes que cerraban Madrid descargasen toda su furia y su fuerza sobre la ciudad. Y ahí, amigos, llegó la despedida. No recuerdo si eran lágrimas de alegría o de tristeza. Pero se mezclaron con aquella tormenta que me tuvo una semana constipado y dio paso a los minutos más mágicos que recuerdo. se pudo haber caído el Vicente Calderón en aquel momento y no hubiera pasado nada. La gente saltaba, se abrazaba y lucía el amor por el Atlético de Madrid como solo aquella gente sabía. 

El círculo se cerró allí. La despedida a un lugar como aquel fue realmente digna. Lo de después fue el simple papeleo de un adiós que no se dio el día del Athletic, cuando eché un último vistazo al Vicente Calderón. Se dio cuando 50.000 personas se abrazaron, felices de estar en el mismo lugar, de amar lo mismo y de compartir la misma pasión, mientras un torrente de agua les inundaba. Y, mientras en frente, miles de aficionados vestidos de blanco se resguardaban en sus chubasqueros y permanecían callados. Esos eran los que habían pasado a la final. Los otros, simplemente, montaron la última gran fiesta en su casa. Orgullosos, como nunca, de no ser como ellos.

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