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OPINIÓN DE MOISÉS HURTADO

Sobreprotección con sabor agridulce

No hace falta insultar para ofender, y normalmente son los insultos lo que menos nos ofende porque suelen diferir mucho de la realidad

Moisés Hurtado Moisés Hurtado
09/02/2018

 

Acabó la trilogía contra el eterno rival con un sabor agridulce. Dulce por cómo se ha competido en todos los partidos ante un equipo, recordemos, imbatido; dulce por el planteamiento del último partido -más agresivos en el robo y con más jugadores por delante del balón con posibilidad de enlazar juego- y por ese punto conseguido. Agrio por solo haber conseguido ese punto tras enfrentarnos a un Barça menor -sin Messi son otro equipo- y encima con unas condiciones en la segunda parte, con marcador a favor, que parecían presagiar su primera derrota en liga.

Era el día indicado para sumar tres puntos, tratar de mirar hacia arriba y dejar, de una vez por todas, este ambiente enrarecido que nos persigue. En cambio, lo que rodea este deporte proporciona más eco de lo deseable. No voy hablar ya de la capacidad para meterse, en todos los charcos que se produjeron en el estadio, por parte de algunos, sino de la capacidad de distinguir lo que pasa en un terreno de juego con lo que pasa fuera, por parte de los nuestros. Capacidad que tuvieron justo desde el pitido final, siempre con el respeto que conlleva jugar en este club. Mención especial para Segio G., quien no rehuyó ser el culpable de unas palabras delicadas, sobre todo hoy en día, pero que distan mucho de acusaciones racistas. En mi opinión, cuando te enfrentas a alguien, a doscientas pulsaciones, muchas veces tratas de desestabilizar al rival mediante lo primero que crees le puede dañar, de manera inconsciente. Enano de m..., calvo de m..., gordo de m..,¿quiere decir eso que tenemos fobia a todo lo que nos rodea: a altos, delgados, bajos, calvos...? Lo dudo mucho.

No me sentí provocado por el dedo de Piqué, ni compartí las denuncias. Nosotros también lo hemos hecho allí. Para mí, son la salsa del juego, como ciertas formas de insulto. No los voy a fomentar -nunca dejaría a mi hijo soltar una mala palabra hacia nadie- pero tampoco los prohibiría en un campo de fútbol, como tampoco pitaría un himno, ni prohibiría hacerlo -y soy consciente de que no es lo mismo-. En pleno siglo XXI, ya debería haber más sentido común. No hace falta insultar para ofender, y normalmente son los insultos lo que menos nos ofende porque suelen diferir mucho de la realidad. La sobreprotección de todo lo que nos rodea, en mi opinión, es una mala estrategia para combatir ciertos males de nuestra sociedad. Como ejemplo, solo hay que darse de cuenta, cuando somos pequeños, todo el poder de atracción que tiene lo prohibido.

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