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OPINIÓN

Sigan sonriendo

Moisés Hurtado Moisés Hurtado
12/08/2017

 

El día anterior al octavo aniversario del fallecimiento de Dani, en el bar de al lado de casa, me encontré con una de las persona que más vi sufrir el día de su muerte. Caprichoso el azar, nos miramos y fue, al menos para mí pero creo que también para él, remontarnos a aquella habitación de Coverciano. El doctor Cervera intentó, posiblemente a sabiendas que era imposible, reanimar a Dani. La llamada de Coro desde la ciudad presagiaba que algo no andaba bien. Jessica, que había alertado a Coro, rápido se percató de la gravedad. El camino hasta pedir la llave y volver a la habitación de Dani, que no contestaba, fue eterno, como si nunca quisiera llegar a abrir aquella puerta. Cervera ya abandonó el mundo del fútbol. A veces, huir es la mejor manera de curar ciertas heridas, sin embargo, hacerlo no significa que logres escapar de ellas.

Dani era un gran anfitrión de los más jóvenes y con el mismo cariño con el que acogía a cualquier chico que subía con nosotros, acogerá ahora a otro, ya no tan niño, pero con el alma enérgica todavía, a pesar de todas sus últimas batallas. Casanova, más conocido por sus niños como Manel, era un trabajador incansable. Así lo recuerdo yo cuando con 11 años se personó en mi casa para convencer, a mí y a mi familia, ante mi primera negativa a dejar el equipo de mis amigos. Así hizo con muchos otros y, además, no se limitaba a mero ojeador, sino que estaba ahí, sobre todo con los de la “resi”, cuando estos chicos se veían lejos de sus familias y necesitaban un padre al que contar sus problemas.

Era nuestro jefe –aunque lo notábamos cercano- y seguro que se le partía el alma cuando tenía que dar una baja. El fútbol base fue transformado de arriba abajo por él y todos sus frutos hicieron posible la viabilidad económica en momentos tan delicados como los pasados. Tiempos donde teníamos la ciudad deportiva más grande del mundo y teníamos que recorrer media Barcelona para entrenar. Tiempos de sacrificios que Manel nos intentaba hacer más llevaderos porque él era el primero en estar al pie del cañón.

No me quería despedir sin recordar también otro fichaje de Manel cuando éramos infantiles y quien nos dejó una nochevieja en un accidente de tráfico. Él y su padre venían cada día desde la Bisbal del Penedés. Eso era sacrificio. Salvador Ribas, menos conocido por los aficionados, pero siempre estará en el recuerdo de quienes compartimos la vida a su lado. A todos ellos, descansen en paz allá donde estén y sigan sonriendo.

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