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OPINIÓN DE QUIQUE IGLESIAS

La frustración como punto de partida

La mitad de los socios dan la espalda al equipo permanentemente, quedándose en casa las noches de partido y sintiendo que Cornellà-El Prat está cada vez un poquito más lejos

Quique Iglesias
05/01/2018

 

La frustración, ese quiero y no puedo. Así se siente todo el espanyolismo. Desde el primer aficionado hasta el último jugador. Quizá ese sea el punto de unión desde el que empezar a reconstruir algo que está en stand by. Se frustra Quique Sánchez Flores porque cuando mejor se juega peor se pierde (lo del jueves en Copa), porque coinciden el día de las ocasiones más claras con el de la mala fortuna con los palos. Se siente frustrado Víctor Sánchez porque le está tocando salir en todas las ‘fotos’ de los partidos. Frustrándose anda David López al que los 53 partidos seguidos y completos que lleva disputados en la Liga le obligan a una exigencia física que le hace los minutos últimos demasiado largos. Frustrado está Sergio García porque con cinco años menos en las piernas llevaría cinco goles más. Y debe sentirse igual Leo Baptistao, que suele elegir mal en los momentos decisivos, en el área. ¿Y la defensa? Es un prodigio de actitud que paga con demasiado dolor ser un manojo de nervios.


La grada es otro ejemplo de frustración, para mí aún más preocupante que lo anterior. Y se traduce en que la mitad de los socios dan la espalda al equipo permanentemente, quedándose en casa las noches de partido y sintiendo que Cornellà-El Prat está cada vez un poquito más lejos (ya cunde la sensación de lo bien que se estaba en Montjuïc). Y la otra mitad, sí, acude como si asistiera al Paso de la Hermandad del Silencio. Con devoción pero sin chistar, fundido a negro. Hay unos silencios en Cornellà-El Prat que hielan el corazón y lo hacen temblar. El jueves lo sentí más que nunca. Así manifiesta su frustración.


Llegados a este punto en el que todo es melancolía, nos equivocaríamos pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor. Eso es mentira. El Espanyol camina, lento, pero camina. Hubo años en los que el Espanyol saltaba cada año al vacío confiando en agarrarse a una rama (Tamudo, por ejemplo) antes de estamparse contra el suelo.


“Para cerrar tu artículo te falta un diagnóstico”, me dice un amigo, al que le descubro estas primeras líneas de mi colaboración con La Grada. Y le respondo sincero. “No lo tengo”. Es así. No sé cómo quitarme esa sensación de frustración ni, evidentemente, cómo quitársela al entrenador, jugadores y afición. Consigo a duras penas concluir que si el fútbol hubiera sido justo, el Espanyol habría ganado al Levante 5-2 y aquí el único frustrado sería…

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