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OPINIÓN

Los derbis de los cromos

Quique Iglesias
17/01/2018

 

Tengui, falti, tengui, falti... Así repasábamos los cromos en el patio del colegio en los tardíos 80. De aquellos duelos con bata de colores salían derbis igualados, al margen del resultado. Había partido. Incluso un amago de sorpasso coincidiendo con la fecha del 18 de mayo de 1988, la noche de Leverkusen. El Espanyol volaba hacia la gloria, en dirección contraria de un Barcelona amotinado. Javier Clemente entregó entonces la suerte a su pizarra de egolatría y no a sus futbolistas. Perdió. Y el Barcelona entregó su vida al Fútbol (Cruyff). Y ganó.

Casi treinta años después, convendríamos en que la distancia es sideral sin ni siquiera tener que recurrir al, evidente, maltrato al que es sometido al Espanyol como club (y su gente) por parte de un vomitivo entorno. Sin esos palmeros que les rodean también serían infinitamente superiores, por mucho que sus dirigentes se hayan ido pegando tiros en los pies una vez tras otra. Ni con esas el Espanyol supo encontrar la oportunidad de meter mano en el río revuelto.

Con la llegada a Cornellà todos pensamos que los derbis, a los que el Espanyol había sobrevivido de manera ‘tamudiana’ en Montjuïc, volverían ser definitivamente como los de los 80. Y nada más allá. Sin que nadie se diera ni cuenta (yo tampoco), habíamos vuelto a darle la espalda a los futbolistas, como la negra noche de Leverkusen. Porque, de un plumazo, cambiamos la provisionalidad de Montjuïc pero con jugadores... a la hipoteca para siempre de Cornellà y sin un duro para invertir sobre el verde. Y el fútbol, pese a no ser matemático, no suele darte milagros a cambio de nada. El resultado es un puñado de derbis ciudadanos con las cartas demasiado marcadas. Así que, en esta previa de los cuartos de final de la Copa, bien por la iniciativa de Quique Sánchez Flores por juntar a sus chicos en el vestuario y meterles en la cabeza que “si el Barça ha podido nos ha hecho daño” y que por qué no “reaccionar y competir” de una vez por todas. Puede ser un buen punto de partida, un volver a empezar desde donde lo dejamos hace un tiempo. El Valverde del 88 se mutó en el Lardín de Sarrià, que luego fue el Tamudo de Montjuïc y ahora es el Gerard Moreno de Cornellà-El Prat. El fútbol, para los futbolistas, los de los cromos de los álbumes que hablábamos antes. Jueguen y compitan. Es lo mínimo exigible.

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