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La catástrofe y el catastrofismo

Oriol Vidal Oriol Vidal
05/11/2017

 

Dos segundos, del 44 al 46, definen y sintetizan el derrumbe de Vitoria. Dos pésimos rechaces, dos balones sin control, carambolas rocambolescas y golazo del Alavés. Santos penalizó tantos demonios y una mala sombra terrible. Se tejió en la previa con la burla perpetua a los aficionados del Espanyol, castigados al destierro de los lunes y los viernes de fútbol en casa: también contra Getafe y Atlético. Y se avivó además por el fantasma de visitar el colista y el temor por el resurgir del equipo aspirina: a mi entender, absurdo, viniendo de un año donde el equipo de Quique sometió a los débiles. Ese sofrito y el empanado inicio convirtieron en pastoso y pantanoso un partido de esperanza. Y claro, el tortazo ha sido de aquellos difíciles de asimilar. La desarticulación del Betis desató el cuento de la lechera... y a las primeras de cambio la jarra se hizo añicos. Dolor.

Un Espanyol gris en un dia gris pareció condenarse a malvivir en la zona gris, poco acostumbrado a gobernar los partidos. Desde que se aventuró la llegada del Espanyol 2.0 todo han sido retrasos y la resistencia en la trinchera. Mal asunto, porque el aprovechamiento de Darder exige despliegue y atrevimiento; si no, queda ahogado, el conjunto se autolimita y las ideas escasean, pendientes de escarceos y arreones. Lo intentó un desquiciado Baptistao, lo sudaron Gerard y Piatti y trató de imaginarlo Jurado, pero el hecho de ir a remolque pareció destrozar al Espanyol. Más incluso que el criterio de González Fuertes, capaz de cargarse a un bisoño Hermoso y de tolerar antes y después la estopa alavesa. Más penumbra para una escuadra privada de brillantez, quizá exprimida por la falta de rotaciones. Quique, tan conforme con sus luces y sus muebles, como dijo metafóricamente, parece que deberá mover algún tresillo. A la que el escenario no acompaña como ante el Celta y el Depor, las costuras quedan demasiado expuestas.

Reconocida la castaña, toca volver a la realidad. Algún día debía ganar el colista, y sí, fue contra el Espanyol. Pero las ganas de borrachera posteriores al Betis no pueden degenerar ahora en el destrozo general. Más que nada, porque ya sabemos lo que puede pasar. Que el guión de ayer suceda calcado con el Espanyol y el Valencia y entonces los más explosivos vuelvan a elocubrar con Europa y el éxtasis. Complicado, sí; pero si se quiere realismo, también pasa por admitir que el arsenal perico es limitado y los efectivos (lo comprobamos ante el Tenerife) quizá más. Por tanto, visión serena. Cansan los sinsabores, pero agotan los extremismos casi caprichosos. Exigencia en la grada y reivindicación en el césped.

Ahora bien, Espanyol: sin niños ni niñas en el RCDE Stadium, el futuro se nos muere. Difícil inocular el virus perico, ese enamoramiento, ese rapto de por vida, sin poder acudir al templo. Basta ya de faltas de respeto, empezando por los sufridos pericos de comarcas, expulsados de su casa y estafados en el carnet. No es de recibo que la Liga ahonde en desequilibrios. Y mucho menos que el club se resigne a parecer una cosa loca de los 15.000 de siempre, con gradas desangeladas y poca transmisión a los futbolistas. El círculo vicioso carcome este club y la sensación de ser cada vez menos y cada vez más desmovilizados. Parece realmente un abuso sobreexplotar el amor de los socios y socias y que el carnet cada año resulte más caro y cargado de impedimentos y obstáculos mil. Respeto y basta ya de apuntarse a la catástrofe. Porque esa es la semilla del catastrofismo.

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